viernes 6 de noviembre de 2009

Me da gusto que el Ixel esté en Gandhi, en El Sotano; pero más gusto me da que esté en Aurrerá, en Walmart, en Sanborns, en El Palacio de Hierro, en Liverpool.
Pienso en este libro cuando leo la columna de Joselo, en Excélsior. El integrante de Café Tacuba dice que ante la falta de tiendas de discos, ante las descargas electrónicas de música, cierto grupo está vendiendo su nuevo CD en el Starbucks: "La opción es venderla en el mejor punto de venta, y eso es lo que tienen estas cafeterías. La recopilación se llamó Hits Are for Squares y en la portada aparece un tipo de traje, muy cool, tomando café en una de las tantas sucursales de Starbucks en el mundo".
¿Por qué no hacer lo mismo con los libros? ¿Alguna editorial habrá pensado que también en las cafeterías se pueden vender libros? Pienso, por ejemplo, en el catálogo de Tierra Adentro. En la pasada Feria del libro del Zócalo sus libros costaban 20 pesos (no 60 como cuando se exponen en librerías).
¿Si hay un libro de 20 pesos junto a la caja, cuando estoy pagando mi café (más caro que el libro, por cierto), no me arriegaría a comprar el ejemplar? ¿O es preferible que sigan en bodegas, perdidos entre los miles de ejemplares de una librería?

(De mientras, qué gusto que en el catálogo de Liverpool recomienden Ixel)

¡Refundar la República!

Reformemos el Estado; cambiemos el modelo económico; pidamos más dinero; gritemos a los cuatro vientos que nosotros tenemos la solución para todo, para los amarillos, para los verdes, para los azules. Recetémosle a los políticos planes económicos hechos en casa, critiquemos los sobresueldos, apoyemos (desde las aulas) todas las causas sociales. Hagamos todo lo necesario, todo, absolutamente todo, antes de ver la viga en nuestro ojo.
Papá vendía frutas y verduras en el mercado, lo que significa que ningún día de la semana dejaba de trabajar. A las seis de la mañana se levantaba y después de bañarse, mientras mi hermana y yo nos arreglábamos, nos preparaba el desayuno y más de un litro de licuado. Luego llevaba a mi hermana al Cebetis y yo lo acompañaba a la central de abastos (ya iba con el señor de las papas, ya compraba tres cientos de nopales, tres cajas de jitomate, unas rejas de zanahorias...). Después me llevaba a la escuela, escogía alguna fruta de las que llevaba en cajas y me dejaba a la puerta del colegio.
De tarde, llegaba de la escuela al puesto y papá leía el periódico (a esa hora hay pocos clientes) y mientras daban las cinco y media o seis de la tarde (hora en que cerraba), nos poníamos a pelar tomates, a limpiar chícharos, a pelar cebollas. Más tarde sacábamos el mantiado y tapábamos todo, amarrábamos lazos para que nadie pudiera robarse nada y nos íbamos a casa, donde mi mamá nos esperaba con la comida caliente.
Tiempo después (yo hacía la tarea) mis papás revisaban facturas, hacían listas de la mercancía que habría de comprarse al día siguiente, corregían notas, sumaban cantidades de los contrarrecibos y a eso de las 10:30, sin prender la tele, sin haber cenado, nos íbamos a la cama a dormir. Cansados todos.
Ya de repente mi papá bajaba a la cocina a prepararse un café y se asomaba a nuestras recámaras para ver si queríamos algo. Mi hermana y yo pedíamos unas chalupas, unos huevos a la Miguel (mi papá les ponía únicamente chile verde, cebolla y sal) y aquellos pocos minutos que regresábamos a la vigilia eran en realidad el tiempo que compartíamos en familia sin pensar en el trabajo.
* * *
Recién me casé, los sábados, los domingos por la mañana, cuando aún estaba cansado y tenía que ir a la tienda, a la carnicería por algo para desayunar, recordaba mucho a papá: ¿Cómo le hacía para nunca estar cansado, para salir a media noche a comprar chalupas porque a sus hijos se les habían antojado, para nunca poner un pero los fines de semana en que su rutina era la misma: levantarse antes de que saliera el sol, con el frío quemante de Pachuca, y salir rumbo al mercado sin emitir un reproche?
No sé si a todos nos pase, pero en ocasiones uno quisiera unas vacaciones urgentes, levantarse después de las 10 de la mañana, no hacer quehacer, no preocuparse de pagos, no tener que mover un dedo...
Ayer por la noche, creo que recordé nuevamente a papá y, de no haber sido casi las doce de la noche, le hubiera llamado por teléfono para preguntarle cómo es que podía sobre llevar todos sus días de trabajo.
Tal vez un día me anime a cuestionarlo al respecto.
Por mientras, hoy es viernes.

miércoles 28 de octubre de 2009

Miro por la ventana de mi oficina. El viento agita las ramas de los árboles. Escucho Get back, de los Beatles. Un compañero a mi lado, sin que crucemos palabra por minutos y minutos, revisa algún video en internet.
Hace unos minutos llené el formato para que me paguen horas extras. Me desconcertó eliminar una hora. Ayer me avisaron del recorte: fueron amables, señalaron que a la Universidad le llegó la crisis, que debemos hacer un esfuerzo, que quisieran aumentarme el sueldo y no recortarlo, pero la situación del país... hay que comprender un poco...
Por fortuna es muy poco lo que disminuye mi sueldo. Sin embargo, me encuentro a disgusto, no por el recorte, no por el sueldo, no por el trabajo; sino porque la combatividad que caracteriza a otra de las personas a quien ayer le avisaron del recorte, se quedó enterrada y él no dijo ni una sola palabra.
Con esta persona a veces platico de libros, le critico su perredismo falso, su apuesta por el progreso, el que sea tan aguerrido, el que constantemente escriba cartas denunciando las injusticias en la oficina. Yo, a quien han terminado por confundir con un panista (un día me opuse a que escribieran en un documento oficial Fecal, en lugar de Felipe Calderón), lo respetaba un poco (consideraba valiosos sus juicios, agradables algunos de sus chistes). Pero ayer, mientras nos tenían en un sillón mullido, diciéndonos que el recorte había sido muy pequeño para no afectar nuestra economía, me sentí decepcionado de él como de otras tantas personas que apenas deben quejarse, alzar la voz, luchar por un bien común se quedan paralizadas y no dicen nada. De qué les sirve tanta verborrea, de qué tanta sabiduría como presumen, de qué ser tan izquierdosos si a la hora de la verdad han de esconder la cabeza bajo tierra.
No sé...
Escribía en el formato de tiempo extra una hora menos y mientras lo hacía pensaba en él, en el "maestro", en el "licenciado", en el "doctor" (como todo mundo le dice) y pensaba qué harían todos quienes lo siguen si supieran lo que pasó ayer al interior de la oficina del jefe.
Mientras tanto, miro las hojas de los árboles moverse, escucho ya Come Together, masco un chicle y me dispongo a trabajar (aunque no tenga ganas)...
A diario las estatuas se resquebrajan, la realidad termina desmoronándolas...

lunes 26 de octubre de 2009

Ahora que todo está bien, que han pasado varios días, que he dejado de fumar...

(56 58 11 11) La llamada duró 12 minutos con 37 segundos. Supe, durante ese tiempo, cómo eliminar la multa de un carro que no pasó la verificación, los lugares donde se puede pagar, los días que tarda en procesarse el pago; también que la ciudad se está quedando sin agua y (caminaba aprisa, con el celular en la mano, recargué la tarjeta del metrobús, iba hacia el norte de la ciudad, aunque en realidad no sabía por donde empezar)...

Las preguntas era cortas: ¿Piel morena, blanca o muy morena? ¿Pelo corto, largo o medio largo? ¿Nariz pequeña, larga, recta? (lo habían visto por última vez en el centro, pero no dijeron a qué hora, y ya después fue imposible obtener más información. Él debía haber llegado a casa hacía más de seis o siete horas)...

Luego obtuve un número de reporte (: la mujer tras el teléfono me dio esperanzas: "suerte", dijo antes de colgar). Llamé a casa de mis padres: mamá aún lloraba con desesperación (la imaginé con las luces de toda la casa apagadas, con la cara enrojecida, temblando en su soledad)...

Cuando ya todo había pasado; cuando papá había aparecido al fin; cuando mamá había dejado de llorar; cuando yo dejé de pensar en un asalto, un secuestro, una recaída en la salud y en hospitales sucios y solos por la noche, (en casa) tomé una taza de té negro, me apoyé en la barra que divide la cocina y dejé que todo el peso de ese día descansara en los mosaicos. Mi esposa me veía del otro lado de la barra:
—Ya apareció, pero no pude hacer nada. ¿Qué habría pasado si mis temores hubieran sido ciertos?
No pude llorar (ya mi madre y mi hermana se habían secado lo suficiente). A mí, como siempre me han dicho mis padres, me tocaba ser la piedra.

Gracias a Dios, papá está sano y salvo (las circunstancias y el destino sólo jugaron un rato con nosotros).

miércoles 21 de octubre de 2009

Lo hago constantemente: husmeo en los libros que la gente lee en el Metro, el Metrobús, en una cafetería. Luego, si conozco el título, me hago una idea de cómo debe ser esa persona.
Hoy, mientras venía al trabajo, un joven husmeó con descaro en el libro que yo leía y recordé hace unos meses cuando me presentaron a una mujer ("es un buen contacto para chambas", me advirtieron antes de que la conociera).
—Así que te gusta leer —dijo en tono interrogativo la anciana—. ¿Quién es tu autor preferido?
—En realidad no tengo uno.
Y ella tal vez consideró que contestaba así porque no leía lo suficiente.
—¿Has leído a Kadaré? —interrogó nuevamente. Negué con la cabeza—. A mí me encantan los autores orientales. A ver, dime el nombre de un escritor que te guste.
—Paul Auster.
—Americanos, entonces te gustan los americanos.
—No, no necesariamente, sino que...
—Otro, dime otro escritor que te guste.
—Francisco Tario
—Ah, mexicanos, así que te gusta la literatura mexicana. A mí me gustan los orientales. ¿Has leído al premio Nobel chino? —negué otra vez—. Es una maravilla. Bueno, bueno, otro nombre, dime otro nombre.
—Jan Potocki —dije intentando que ella no conociera a ese escritor, pues comenzaba a hartarme aquella plática.
—Hummmm, y el qué escribe.
—Pues es un poco de terror lo que leí, una especie de Mil y una noches...
—Así que te gusta el terror. Uy, hay un libro buenísimo, pero no sé si es inglés el autor, algo sobre un principe llamado Varter, o Banter o...
—Vathek, de William Beckford...
—Sí, sí, hasta que conoces a...
Y la frase se quedó en el aire. Supondría que en realidad yo no leía, que por mis lecturas sería un lector ocasional, un lector Sanborns, uno de esos que cada medio año agarra un libro y dice leerlo...

(Por cierto, nunca me habló sobre ningún trabajo, sólo esa tarde en que prometió hablarle a editores, a directores de cultura, a conocidos que seguramente pronto me llamarían. Yo, para ese momento, ya estaba en otra parte, con la mente había empezado a recorrer mi librero personal, que está nutrido por amigos, por familia, por mi esposa, con esa gran enciclopedia que son los gestos de mi hermana, las sonrisas de mis sobrinos, las manías de mi mujer...)

Sin duda, el joven que esculcó con la mirada el título del libro en mis manos habrá llegado a la misma conclusión que la mujer que sabía las nacionalidades de los escritores: "este chavo es un lector Sanborns". Yo, mientras tanto, aspiraba el olor a ajo que despedía el libro, escuchaba las estacas que atravesaban corazones que ya no eran humanos.

Pd. ¿Y tú, el del otro lado, tienes un autor preferido?

lunes 19 de octubre de 2009

Aún no suena el despertador y abro los ojos. Es domingo. Serán las 7:30, tal vez más temprano. Sonrío: demasiado. Quisiera despertar a mi esposa, pero no lo hago, simplemente me quedo viendo el techo y recordando el sueño.

Gran parte de mi infancia la pasé con mis primos, los Juárez Cano, que por una de esas historias de principios de siglo XX (hermanastros, herencias, papeles olvidados en una casa antes de salir huyendo) no comparten el apellido conmigo.
Ellos son seis (cuatro mujeres y dos hombres), además que mis tíos adoptaron (de palabra) a una muchacha más, la mayor de todos. Cada uno tiene dos nombres, uno de los cuales procede de la Biblia, y la mediana de mis primas tiene mi edad.
Su casa, enorme hoy en día, pero justo para albergar a tres familias provincianas (tiene huerta, una pequeña fábrica de zapatos, bodegas), era un mundo para mí. A veces los primos de la edad (Mari y Chinto) nos pasábamos horas viendo un pequeño estanque donde un niño había muerto años atrás. Recuerdo también cómo nos bañaba mi prima adoptiva en un baño que apestaba a combustible y a petróleo; los gallos que se nos echaban encima cuando bajábamos a la huerta, y un murciélago que tenía nu nido (¿los murciélagos tienen nido?) justo entre dos casas construídas sin ayuda de un arquitecto.
A mi primo, el segundo de arriba hacia bajo le decíamos Perico; a la más pequeña, Violenta. Hay una foto de hace unos veinte años (tal vez más) que recuerdo cada que pienso en ellos. Estamos todos los nietos frente a mi abuela, en un pasillo gris, un día de las madres. Chinto tiene el brazo enyesado, Perico un parche en el ojo y yo la pierna recubierta de yeso. Cada uno nos habíamos herido en diferentes circunstancias. Perico, como siempre, sonreía y su boca era una caverna en dónde sólo había algunos dientes. Por alguna razón, siempre andaba chimuelo.

Ayer, en sueños, bajé a la cocina de la suegra de mi tía. Ella y mi mamá calentaban tortillas hasta hacerlas tostadas. Había una olla de frijoles negros cociéndose y Perico comía un plato de mole rojo con arroz.
—Hola, Peri —le dije a un primo demasiado niño, 8, 10 años.
Él me saludo con un movimiento de cabeza. Y mientras me platicaba de Mari ("es todo un caso", me dijo) y de Chinto ("lo acaban de despedir, porque sus jefes son de esos derechistas explotadores") lo vi comer y limpiarse la comisura de los labios, pues el mole se le escurría por los huecos sin dientes.
Y me platicaba sonriendo, con esa voz tan dulce que tenía hace ya veintitantos años, y mientras presentía a mamá y a mi tía cercanas al comal, a punto de ofrecerme una torilla tostada, con sal, con un poco de mole, remojada en el caldo de los frijoles, en mi sueño sólo dije algo, algo con tanta convicción que me desperté.
—Soy muy feliz en este momento.

Así que al abrir los ojos aún tenía la frase en la boca y la repetí, cinco, diez veces la repetí. Y miraba el techo y esperaba a que el despertador sonara para contarle a mi esposa. Luego vino el baño, la misa, el desayuno y una tarde espléndida. A cada rato, por cierto, le comentaba a mi esposa: "Me sentí muy feliz en casa de mi tía, muy, muy feliz"...