martes, 24 de abril de 2012

Hace algunas semanas me enojé con Dios: problemas familiares que le atribuía a sus designios: mis padres habían priorizado su religión y no a su hijo.
Hablé, grité, me enfurecí...
Al día siguiente, mientras me bañaba, le pregunté a Dios por qué había decidido así las cosas, cuál era el mensaje que me quería dar.
Y seguí mi vida, sin comprender sus decisiones.
El domingo, sin embargo, volví a hablar con Dios: había sido un día dichoso y tenía tantas cosas que contarle. No sabía qué palabras usar, ni cómo dirigirme a él (a veces siento que soy repetitivo en mis oraciones y que puedo aburrirlo), pero al final le dije esto mismo: "no sé cómo dirigirme a ti, ni cómo narrarte esta felicidad que seguramente tú ya conoces, pero quería estar un momento a solas contigo y no se me ocurrió otra forma de hacerlo".
En ese instante comprendí que en mi enojo, en mi alegría, no buscaba a Dios para contarle mis cosas, sino para sentirlo junto a mí. Entonces le hablé ya sin importarme las palabras que usaba.

martes, 17 de abril de 2012

Manual para (esposas (novias, amantes) de jóvenes) escritores

A las 6:15 me di cuenta que no sabía qué escribir, por lo que resultaba ilógico prender la laptop e irme a la sala. 30 minutos, quizá más, despierto y dándole vuelta a una idea. Luego, preferí acurrucarme en la cama y volver a dormir.
Al llegar al trabajo me topé con una columna de Jaime Mesa. Tras leerla recordé un proyecto frustado que el año pasado me ocupó algunas semanas:

Un hombre sale de trabajar siempre a la misma hora. En el camino a su casa pasa por un hospital (el General de México, había imaginado). Una de esas tardes descubre a una joven enfermera que al salir de la puerta se detiene intempestivamente y abre un voluminoso libro. Él la observa por algunos minutos. Ella sigue con un dedo fino las palabras de ese best seller que el hombre jamás leería. Al finalizar el capítulo la muchacha retoma el camino con una sonrisa.
Atrapado por esa mujer, el joven, quien resulta tener ganas de convertirse en escritor, empieza a espiarla diariamente hasta que se anima a hablarle, hacerse su amigo y acompañarla en su camino.
La relación fructifica y un tarde él conoce la casa de ella. Su librero está repleto de gruesos libros. Ella le confiesa haber leído todos. Él recuerda que de los miles de ejemplares que guarda en casa, muchos jamás pasaron de haber sido abiertos.
Se casan (ella no tiene familia, él aborrece a la propia, de ahí el rápido desenlace de la historia de amor). Apoyado emocionalmente por la mujer, publica un libro con relativo éxito y cae en un bache escritural.
Así que para salir de él comienza a recrear su historia de amor, punto por punto, hasta que en la novela que escribe desparece la muchacha a quien ha logrado hablarle un par de veces. Investigando el asunto (como se sabe la justicia en México no sirve de nada y él quiere resolver el misterio), se da cuenta que la mujer de la narración siempre pasaba por una farmacia vieja a comprar cierta crema que sólo ahí conseguía. La familiriadad con que dos de los empleados que ahí laboraban le llama la atención, sobre todo porque uno humilla constantemente a otro. Se descubre, como es de suponerse, una tercera historia: son hermanos y uno de ellos le robó la novia al otro, pero un día ella desapareció.
Tras semanas de preguntar por la enfermera, el hombre de la historia averigua que uno de los hermanos se enamoró de ella, y en la pesquisa también hallá algo anómalo: los hermanos venden productos a un Doctor Zhivago, a un Doctor Jekyll, a un Doctor Hesselius. Por su cultura libresca reconoce que aquello esconde algo más: la venta ilegal de medicamentos controlados.
El hombre de la narración se hace cliente de la farmacia y descubre la recurrencia de algunos doctores falsos. Así, tratando de hilar cabos, se mete de contrabando al departamento de la desaparecida y reconoce en el librero todas las novelas que dan cuenta de esos personajes médicos. En ellos está la respuesta a su muerte: no fue un crimen pasional, sino el simple homicidio de una mujer que se enteró de lo que no debía.

Así, el primer personaje, el hombre casado, retoma su vida de escritor, y para ello recurre a su esposa, quien le ayuda a buscar nombres de medicamentos, de productos que administrados en altas dosis puedan ocasionar la muerte. Al terminar el manuscrito, ambos poseen el saber de un farmacéutico. Entonces viene el proceso de corrección, y la esposa (lectora de best sellers, recuérdese), hace una crítica despiadada al texto. Él, quien durante todo ese tiempo se ha rodeado de un nuevo círculo de amigos escritores (de gustos librescos exquisitos), sabe que su esposa tiene razón, pero no puede aceptarlo, por lo que prepara un veneno insaboro, que no deja rastros, y se lo da a beber a ella.

La novela, que por algo fue fallida y nunca terminé, incluía al final una frase así: "Nunca habría soportado que se enteraran que el éxito de mis libros se lo debía a una lectora de best sellers quien los corregía desde su incultura". El libro, como es de esperarse, se convertía en un éxito de ventas, lo que provocaba que los amigos dejaran de hablarle a este escritor debido a que había abaratado su escritura y se había convertido en un producto comercial, alejándose de personas como ellos: marginales y auténticos devotos de la palabra.

Tras algunas hojas escritas me di cuenta que la historia no funcionaba. Hoy, después de leer a Jaime supe por qué: "¨(tras acabar una novela) Uno, además, está vacío de lit­er­atura. Está vacío de sí. Es como una bolsa vacía de Dori­tos Nachos en un remolino de aire dando vueltas hacia ninguna parte. Los sen­ti­dos con los que uno recoge expe­ri­en­cias están exhaus­tos. La can­tera de donde uno extrae mate­r­ial está ago­tada. Si uno ya ha escrito una nov­ela antes sabe que toda esa sen­sación de vacío es tem­po­ral. A veces, si la sober­bia o el miedo o el vacío se perciben como gigantes uno se equiv­oca e ini­cia una nueva nov­ela. Y fra­casa, a menos que uno sea Alexan­dre Dumas. Lo mejor, la expe­ri­en­cia lo dicta, es aguan­tar el tem­po­ral. Acos­tum­brarse de nuevo a vivir".

Y en eso ando...

sábado, 7 de abril de 2012

Algunos días pienso que me gustaría tener tiempo para leer y escribir más, pero cuando lo tengo prefiero salir a caminar tomado de la mano de Efraín y escuchar los mil proyectos de Luisa. A fin de cuentas: a nadie le importa que lea una página más o que escriba un renglón, pero para mi hijo sí es importante que lo cargue o le preste atención, y para mi esposa es fundamental que platiquemos... Así que esos días, tras algunos instantes de quejas, pienso que gracias a Dios existen las madrugadas.

jueves, 29 de marzo de 2012

Ayer me pidieron que redactara un texto para un homenaje. Tenían prisa y debía entregarlo un par de horas después. Dijeron que usara "mi imaginación" y que hiciera un texto "bonito". Para ayudarme, me enviaron la foto de un escrito en donde hablaban de la homenajeada: una secretaria de cierta asociación médica. Los escasos datos eran: su día de nacimiento; el nombre de sus padres, de sus hermanas, de su esposo e hijo. Además, en medio de una frase vaga, decían que había estudiado pedagogía, o eso pude entender.
El discurso debía durar dos minutos.
Hubiera querido tener una foto de la homenajeada, hablar de su mirada "profunda", de su cara "angelical", de su frente que delataba "inteligencia". Pero nada había que me ayudara a halagar a un fantasma.
"Cuando se le rinde un homenaje a una persona se habla de sus cualidades y de sus virtudes; se exalta su quehacer laboral o bien el efecto que tiene su presencia en otras personas. Entonces, las palabras y los adjetivos no salen de la mente, sino del corazón", comencé escribiendo más en tono de crítica que de discurso. ¿Cómo pedían a un desconocido que hablara bien de esa secretaria? ¿Si se habían tomado el tiempo para hacerle un homenaje, cómo no se tomaban diez minutos, veinte, para escribir algo que saliera de ellos?
El trabajo es trabajo, por eso continué con frases hechas, otorgando virtudes que no sabía si la homenajeada poseía... Hablé de las tardes que jugaba con sus hermanas, del empeño que había puesto por mostrarles que la enseñanza es un bien en la vida, que los juegos refuerzan los lazos familiares; dije que su esposo e hijo eran testigos de su empeño por formar una familia decente, del ánimo que ponía día a día y de las palabras de aliento que siempre tenía durante los momentos difíciles. Apunte, en el extremo de la mentira, que sus compañeros "apreciamos que nos regales un minuto y nos compartas palabras de afecto cuando más las necesitamos" y concluí con un exhorto a brindarle un aplauso que reflejara todo el cariño que le teníamos a ese fantasma al que acababa de darle forma.
Envié el texto y me dijeron que lo habían aprobado, pero durante toda la tarde no dejé de pensar en esa secretaria que oiría las palabras que su jefe había escrito sobre ella y donde expresaba a la perfección cuánto la conocía y la estimaba. Quizá porque nos gusta escuchar halagos es que pasamos por alto que muchos de ellos no encajan con nosotros. Tal vez porque nosotros mismos desconocemos cómo influimos en la vida de los otros. A lo mejor porque frente a nuestra eterna cotidianidad es que aceptamos esas palabras "dulces" que nos hacen sentir mejor, olvidarnos de las peleas en familia, de los momentos de tensión en el trabajo, de la monotonía que se trasluce en las miradas de nuestros compañeros de trabajo cuando nos saludan a lo lejos.
Yo era un farsante a quien no le había importado inventar palabras y cualidades con tal de cumplir un trabajo. Si en un futuro esa mujer recordaba su homenaje jamás se daría cuenta que esas palabras (vacías y falsas para mí) la habían hecho sentir mejor y saber cuánto les importaba a sus conocidos. Yo, sin embargo, iría pensando que muchas veces mentimos (nos mienten) cuando nos halagan; exageramos (exageran) virtudes y pasamos (pasan) por alto aquello que nos haría sentir mal. Hay quien dice que todo muerto fue una buena persona, pero creo que en ocasiones también los homenajes, las alabanzas son también dirigidas a buenas personas, pero no a personas reales.
Dicen que alabanza en boca propia es gatuperio, pero cómo adjetivar las falsas alabanzas.
Tal vez sólo el guiño, la sinceridad que acompaña ese hablar bien de alguien (de nosotros) sea lo que dignifique las frases bienintencionadas que siempre acompañan un halago.
Haríamos bien, pienso, en alabar sólo cuando sea preciso y merecido. De lo contrario, el silencio es lo mejor.




lunes, 26 de marzo de 2012

*

La roca del desierto es una Diosa engreida. Desdeña a los granos de arena por su tamaño y no acierta a explicarse de dónde su afán por asemejarse a ella. Digna, se vanagloria de nunca sucumbir a los roces de la serpiente, de no caer en la tentación del cascabel que irrumpe la calma.
Siente, la piedra, que el sol existe sólo para calentarla; que las aves, los roedores, se paran junto a ella para admirarla; que las tormentas de arena la erosionan como un intento por adquirir parte de su divinidad; que los cactos son guerreros dispuestos a defenderla.
Tras cientos de jornadas sola, cuando un hombre pasa los labios por debajo de la humedad que la roca ha acumulado, ella siente que no sólo otorga vida, sino esperanzas. Y cuando es un animal quien la mueve de su reposo, lo que intenta es llevar la fe a otro sitio.
La piedra tiene por reino una vastedad que gira en torno a ella, sin pedirle que se mueva siquiera. Ella es Diosa y está ahí para ser adorada. No más.

Las rocas del bosque, sin embargo, son diosas más humildes. Escuchan a los grillos y en sus entrañas repiten en un eco sus enseñanzas; se dejan tocar por el rumor de los árboles en otoño, y cuando un hombre o animal las mueven, ellas aprenden de ese cambio que su entorno siempre se está transformando. Las rocas del bosque, más grandes que las del desierto, por cierto, llevan años ahí y han aprendido a convivir con los dioses ríos, con las dioses aves, con los otros dioses...

*Leo a Ted Hughes

lunes, 19 de marzo de 2012

De marchar las cosas como las planeamos, el próximo sábado iremos al Vive Latino con El Negro y su esposa. Él me ha hablado de muchos de los grupos que se presentan, incluso me ha pasado su discografía, pero no terminan de convencerme. Si acaso, además de por Café Tecuba, iría por escuchar al Haragán & Cía., de quien escuchaba sus discos cuando manejaba el vocho rumbo al Chico. Entonces no eran épocas en que me juntara con El Negro (él ya estaba casado y su primer hija había nacido). Yo, en cambio, disfrutaba esas tardes de sábado en que me reunía con El Catrín, La Popis, El Herby y otros amigos e íbamos al bosque, a tomar cerveza, a tiritar con el frío y a fumar. De camino poníamos algún disco de "rock urbano" o algo de Caifanes y cuando andábamos muy de buenas, escogíamos a Shakira, a Alejandro Sanz o a Alejandro Fernández. Es decir, la guantera del vocho tenía cassettes para todos nuestros gustos y estados de ánimo.
Pero decía que iremos al Vive Latino con El Negro y su esposa. Y aunque ya ansío el momento en que Café Tacube cante "La negrita" o "El baile y el salón" (canción que apareció en el primer intento de cuento que escribí y que por un año me levantó en el radio despertador que tenía en la juventud), no es por escuchar esas canciones y otras por las que acepté que fuéramos juntos.
Últimamente soy muy nostálgico. Con El Negro compartí gran parte de mi adolescencia y entre pleitos por mujeres y por amigos que hoy ya se han ido, pasé tardes y tardes a su lado. A veces veíamos la tele (a él le gustaba Garfield y jamás le confesé que a mí no) o lo veía dibujar en papel al cual le ponía aceite para que simulara ser albanene u observaba cómo peleaba con su hermano menor o compartía su comida o jugábamos nintendo o pasábamos la tarde imaginando que un día seríamos ricos y compraríamos autos de colección, una gran mansión con mesa de billar y líneas de boliche, antena parabólica con cientos de canales y todos los discos de Aerosmith...
Es decir, El Negro fue mi primer amigo-hermano, hasta que un día de lodo, de juego de futbol, de encontrarnos con una compañera obesa y de hacer una broma que no soporté, se acabó todo aquello...
Yo, tímido entonces y ahora, me alejé de todos, en tanto él se hizo de muchos amigos. Terminamos la secuendaria sin dirigirnos la palabra y al entrar a la prepa yo me fui a Querétaro. Un fin de semana que volví a Pachuca me invitaron a una fiesta. Al llegar, él estaba ahí. No sé si pasaron minutos u horas para que nos habláramos, no sé si fueron las cervezas o simplemente que lo extrañaba demasiado, pero al siguiente fin de semana pasé a recogerlo a casa de sus padres y tuvimos una larga plática afuera de la oficina de correos que entonces (no sé si todavía) quedaba en la avenida Juárez.
Él me habló de una novia que tenía (recuerdo que era fea y más tarde, cuando la fuimos a visitar, me pareción también corriente). Además me confesó que su madre había colocado "estratégicamente" una caja de condones que él sin duda vería y con ello lo habían hecho sentir que ya era adulto y que cualquier plática sobre sexualidad estaba cancelada, pues todos esos temas ya habían sido resueltos con la caja aquella.
Si mi memoria no me falla, lo regañé por ciertas cosas. Él, molesto, me pidió que encendiera el carro y nos fuéramos de ahí. Luego escuchamos en la radio una cumbia que empezaba: "había una vez una pareja que se amaba sinceramente, desgraciadamente él pertenecía a otra mujer. Aun así la adoraba, y sabe Dios, hasta dónde pecaba, era su amor lo que importaba...". A mí me pareció fea y vulgar, como la novia a quien se la dedicaba, por lo que le propuse que mejor escucháramos el Get a grip. Aceptó.
Aquella noche, al volver a casa, me sentía dichoso. El Negro, mi carnal, nuevamente estaba junto a mí. Entonces pensé en una exnovia que en parte había tenido la culpa de nuestro alejamiento. Con su recuerdo vino Veracruz (donde ella vivía entonces) y con Veracruz vino Laguna verde, el sitio a donde habíamos ido juntos hacía un par de años: en el camino escuchamos muchas veces el Re, de Café Tacuba, así como el Bronco en Vivo, de Bronco. Ambos discos compactos los reproducíamos en un discman que vibraba de forma constante y que habíamos conectado por medio de un adaptador a la casetera del carro descapotado y rojo en el que viajábamos.
Muchos años después en un cuento que escribí aparece un viejo como el que conocí en aquel viaje a la planta nuclear. No es, por supuesto, el papá de El Negro, ni la explosión del reactor es algo que yo imaginara. De ese tiempo sólo recuerdo que nos hospedamos en un camión rodante y que el baño, además de diminuto, tenía una regadera de la cual salía muy poca agua y por muy pocos minutos (así que durante el fin de semana que duró el viaje me sentí sucio todo el tiempo).
Sin embargo, el soundtrack de ese viaje fue Café Tacuba, grupo que ha continuado a mi lado en los 20 años posteriores. Es más, de la poca música que cargo en el celular, uno de los discos es el Re y otro el Sino.
Sobra decir que cada que escucho ciertas canciones evoco a El Negro y todas las tardes que compartimos en nuestra adolescencia.
Hoy todo es diferente: el tiene tres hijos y yo empiezo con uno; él es un ejecutivo y yo un simple empleado; él está a la vanguardia de la música y yo cada vez retrocedo en mis gustos (ya pasé por Sabina, por los boleros y ahora he vuelto a la radio hablada). Pero más allá de todas esas diferencias, cada vez que aparece El Negro en el msn o en el cel, hay una canción de Café Tacuba que empieza a sonar en mi cerebro.
Por eso, por la nostalgia, por los recuerdos y por muchas otras cosas que me guardo, es que ansío que ya llegue el sábado y con la oscuridad y nuestras esposas como acompañantes, El Negro y yo cantemos a todo pulmón las canciones que son el soundtrack de nuestras vidas, y quizá también nos aventemos el corito aquel de "papa papa eo eo, papa papa eo eo"...

jueves, 15 de marzo de 2012

Se nos murió el Maestro

Ayer me preguntaron qué sentí al poner el punto final de Hijo de hombre. Dije que alegría por terminar un proyecto, emoción porque la novela me gustaba, pasión por lo que vendría después. Mentí.
En realidad lo he olvidado. Fue un proyecto de muchos años y cuando lo terminé aún estaba cobijado por un Maestro, por Daniel Sada.
Curiosamente también ayer me topé con Costasinmar cuando subía la rampa para el Metrobús de Ciudad Universitaria. Él llevaba audífonos, creo, y lo interrumpí cuando pasó junto a mí. En algún momento los dos fuimos talleristas de Daniel, pero Costasinmar abandonó la novela que escribía y que tenía personajes que aprecían sólo algunos párrafos y después desaparaceían junto con la trama contada por dos o tres capítulos. Hizo bien: se dedicó a la poesía. De él tenía noticias lejanas, lo encontraba a veces en CU (donde ambos estamos becados por la Universidad) y en nuestras pláticas breves intercambiábamos sentencias sobre lo que leíamos y dejábamos de leer. Nuestra relación, por decirlo así, era casual y como de dos conocidos, jamás amigos.
Sin embargo, hace un año retomamos el contacto. Lo invité a la presentación de mi novela, pero no llegó (ya me lo había advertido). No hubo reproches de mi parte, porque, hasta eso, siempre procuramos hablarnos con la verdad y de forma directa.
Ayer, por ejemplo, empezamos hablando de una antología poblana, de ahí pasamos a los escritores que reniegan del estado pero piden una beca y después quisimos curarnos en salud hablando un poco de nosotros. A él pronto le publicará un libro la UAM, además de que en Argentina está a punto de salir otro de sus poemario. Así que platicamos de todo lo que sucede después de que un editor se arriesga con lo que uno escribe.
-¿Sabes?-, me dijo en un tono serio lejano a su actitud normal -. Ahora recuerdo mucho a Sada y sé que desperdiciamos el tiempo que pasamos con él. Lo desaprovechamos a él. Ahora quisiera verlo y platicarle lo que me pasa, lo que siento que sucede a mi alrededor.
Y entonces me contó de esos secretos que ambos guardamos, de esas ansias por platicar de ciertas cosas que no nos atrevemos a contar.
-Si Sada aún viviera tal vez nos pudiera aconsejar, o tal vez sólo decirnos que no le hiciéramos a la mamada, que todo es normal.
Asentí.
-¿Recuerdas -,continuó en una especie de monólogo - cómo lo afecto la reseña de Lemus?
Negué con la cabeza. Mentía.
-El cabrón empezó a analizar lo que decía el Rafael y señaló cada punto en contra y en un momento, lleno de rabia, a punto de llorar, se quedó callado sin decir nada más... Por eso yo no quiero que nadie me reseñe. No sé qué haré cuando eso pase.
La gente pasaba a nuestro lado, seguramente pensando que estorbábamos.
-Si eso le sucedía a él, con tantos libros escritos, con el Villaurrutia en las manos y con un clásico como Porque parece mentira... ¿qué puede esperar uno? -continué su duda.
Después la tristeza se nos fue adhiriendo a la piel, aunque todavía platicamos algunos minutos. Él me habló de Rey Rosa y yo temí mencionarle a Toledo. Quise decirle que nos hace falta un maestro, y que justo de eso hablaba hace algunos días con Hugo César Moreno, sobre esta orfandad que tiene a los escritores jóvenes tan a la caza de reconocimiento: nos falta alguien que nos calme y nos diga que un libro es sólo un libro, no más, no la gloria, ni la fama, ni la posteridad.
-Se nos murió Sada -creo que le dije... o pensé.
Y luego nos despedimos de forma rápida, prometiendo un día tomarnos un café (aunque sabemos que nunca quedaremos de acuerdo). Costasinmar, extrañamente, por nuestra historia en común, por nuestra personalidad, poco a poco va más a mi lado que otros conocidos. Quizá un día me atreva a llamarle y ponernos de acuerdo no ya para tomarnos un café, sino para salir en busca de un maestro y así no sentirnos tan solos.